26 de marzo al 3 de abril de 1999
Salimos de Guada el viernes a las 19h00, tras una incidental cita. Habíamos quedado a las 17h00 en mi casa para cargar los coches, a las 18h00 salía de trabajar Fermín, así que en ese tiempo preveíamos cargar y estar preparados para salir a las 18h30. Pero una cosa es lo previsible y otra lo realizable, Pichi cuando venía desde su casa en Alcobendas para recoger a Hipi en Alcalá se dio cuenta de que no llevaba el pasaporte. Llamada a Hipi para que se acerque en coche a Guada y trompo en la autovía para ir a toda "hostia" a su casa a buscar el pasaporte.
Mientras tanto todos íbamos llegando al punto de encuentro y los coches se iban llenando. A Olga la llevó su hermano y tras dejarla se despidió de ella para irse a trabajar, una media hora después se dio cuenta que la mochila de mano, que contenía la documentación se había quedado en el maletero del coche de su hermano. Así que ya tenemos al Pichi poniendo patas abajo su casa pues además de olvidar el pasaporte, olvido dónde le había guardado y a Olga colgada del teléfono en mi casa tratando de encontrar a su hermano, bien en su casa de Guada, bien en la del pueblo o bien en Madrid en el trabajo.
Los coches se acabaron de cargar, se preinstalaron las emisoras y se colocaron
las pegatinas; pero, nos faltaban dos pasaportes. Por fin aparecieron los dos
pasaportes, así que finalmente salimos de Guada a las 19h00 y recogimos casi a
las 20h00 a Pichi en Madrid.
Condujimos hasta casi Málaga, haciendo una parada para cenar en Jaén a las 23h30. Esa noche dormimos como os digo en la Autovía de Antequera-Málaga, digo bien, pues no fue ni a la derecha ni a la izquierda de la autovía, sino debajo de la autovía, en un paso subterráneo que permitía acceder a una granja en la que una jauría se encargo de armonizarnos la noche. Eran las 2h30 y a esas horas ese fue el único rincón horizontal y seco que alcanzamos a encontrar. El cansancio que acumulábamos nos hizo conciliar el sueño sin problemas a pesar de las vibraciones de los vehículos que pasaban por encima y de los constantes ladridos de los perros.
Nos
levantamos a las 7h30, algunos encogidos por dormir en los coches (el cielo de
la Galia no se caerá sobre nuestras cabezas, pero de un puente no se puede decir
lo mismo) desayuno y compra de tickets para el Ferry de las 12h15. Como
estabamos cerca de Algeciras apretamos el acelerador y conseguimos llegar a la
entrada de Algeciras a las 10h20... ¿por diez minutos íbamos a perder el Ferry?
¡No claramente!, Así que más zapatilla y entrada en el muelle a lo loco, dónde
casi nos metemos en un barco equivocado. Afortunadamente nos indicaron cual era
el nuestro y logramos llegar a tiempo sin necesidad de hacer un embarque previo.
De esta forma llegamos a Ceuta el sábado a mediodía. Como es habitual gasoil hasta en el mechero y mercado negro. Como es habitual también, una dosis de engañifa para los ingenuos alcarreños. Pusimos un fondo de 300.000 ptas. que nos cambiaron a 16 ptas. Dirham, más tarde en la frontera nos enteramos que alguien lo había conseguido a 15... A la vuelta nos cambiaron a 15 ptas. Al llegar a la frontera el habitual caos del paso de Ceuta a Marruecos, quien lo conozca se hará idea si le digo que no hay nada nuevo y el que no lo conoce que espere a una posterior descripción porque hablar de esa frontera exige muchas letras y el viaje de por sí ya las va a consumir. Sólo os cuento una anécdota que le sucedió a un gallego, después de esperar una insufrible cola para dejar los pasaportes y de esperar una segunda cola para recogerlos no menos coñazo, colocaron su pasaporte en la ventanilla tipo cine imperio años 60 y una voz sonó desde el interior diciendo que no era válido... el fulano tenía caducado el pasaporte desde hace dos años. ¡Manda huevos! Tuvo que quedarse dos días en Ceuta hasta que el consulado le diera uno nuevo y luego bajarse a Marrakech en tren… no me quiero imaginar como debe ser un viaje de 700 km. en un tren marroquí.
Conseguimos pasar la frontera al fin, aunque a Julio (Nissan) le pusieron patas arriba el coche porque el fulano que le inspecciono vio los agujeros de la pletina que sujeta la emisora y le dijo que ahí iba una emisora. Julio más cagao que Curto Romero pero con más temple que el Juli le dijo que serían los agujeros que hizo el anterior dueño y que el no tenía emisora. Parece ser que el guardia debió pensar que un españolito no le chuleaba y le dijo que vamos a ver el equipaje, le hizo sacarlo del coche y abrir las bolsas, en su maleta estaba la emisora entre la ropa y con bastante habilidad consiguió enseñarle la maleta y esconder la emisora mientras cuatro manos manoseaban en el interior de la bolsa. Para otra vez ya sabemos que con mil pelas por cabeza se soluciona todo en un santiamén, que lo vimos.
Al pasar la frontera el plan consistía en llegar a Chefchaouen alojarnos en un hotel y ver el pueblo. Conseguimos habitaciones en el Hotel Asmaa el que está en lo alto del pueblo, allí nos dimos una reparadora ducha, sólo hubo otra en el resto del viaje, y nos bajamos a conocer el pueblo. Ya anochecía y sólo tuvimos tiempo para dar un pequeño paseo y comernos todas las aceitunas (y bastante de lo demás) que tenían en Casa Hassan hasta que nos trajeron la cena. En todo el viernes sólo habíamos desayunado y comido unas patatas fritas en la frontera.
El domingo por la mañana desayuno guarripé en el hotel, eso sí emulando los más lujosos hoteles occidentales y visita a Chefchaouen. De Chefchaouen nos quedamos casi todos con el azul de la Medina, la sonrisa de las gentes y Salva con una alfombra güay del paragüay chachi piruli. Del pueblo nos fuimos sobre las 12h30 y nos llevamos un pequeño susto cuando nos topamos de frente con un control en el que nos pararon y nos requirieron la documentación de las emisoras (fue la única ocasión en todo el viaje). Yo iba el primero y tras hacerme el loco y poner cara de inocente, conseguí vencer la curiosidad y paciencia de los tres fulanos que se arremolinaban en torno a mi ventanilla, para poder continuar el viaje. El sustillo se fue pasando y entre coñas por la emisora nos plantamos en Volubilis, llegamos a las ruinas por la parte superior. Desde ese lado sólo se veía un arco y unas pobres ruinas así que decidimos pasar por el arco y bajar el coche hasta dónde estaba la chicha (realmente sólo lo intentaron Salva y Manolo), pero un guardia que corrió a nuestro encuentro nos advirtió que estabamos en el centro de las ruinas. Dimos la vuelta para llegar a la taquilla y entrar por dónde lo hacen las personas normales.
Volubilis es un sitio increíble, no había visto ruinas como esas, ni
en Ampurias. Lo sorprendente era ver la dejadez de las excavaciones. Acabamos la
visita y comimos de las viandas que llevábamos, le dimos un viaje al Queso
manchego, al Isostar en barra y a los panes-tortas marroquíes que pa qué. De
nuevo al volante continuamos pasando por Meknes hasta las fuentes de L’Oum Er
Rabia (excursión de Salva por el monte en todoterreno y por alguien más con
papel de batalla), dónde tuvimos la suerte de dar con una de las personas más
majas y comprensible que hemos encontrado en el viaje y nos gestionó el lugar de
acampada además del correspondiente vigilante nocturnos, todo ello por un poco
de ropa, unos cuantos dirham para la persona que durmió a lado del coche y el
compromiso de tomar un té con nuestras galletas en la terraza que tenía en el
nacimiento del río. Esto lo conseguimos después de unas largas conversaciones no
sólo con él, sino con los que llegaron después: dueño del terreno, alcalde del
pueblo, cura…, pero siempre era él quien rebatía las peticiones de todos los que
llegaban pues aunque él había comenzado pidiéndome 10 dirham por tienda y otros
tantos por coche, conseguí hacerle entender que aquello no era un camping y no
había servicios como luz, baños, agua etc. Llegamos al acuerdo que antes os he
descrito y él se encargó de mantenerlo. Después de plantar las tiendas,
preparamos la cena, unos estupendos espaguetis salieron como por arte de magia
del interior de un sobre y con algo menos de magia aparecieron unas salchichas
del interior de unas latas. El truco más impactante fue el que nos hizo Manolo,
una botellita de Valdepeñas de reserva para cenar. Les dijimos a Bettachmoulay y
al que iba a dormir al lado de los coches que nos acompañaran, pero
permanecieron junto al fuego que ellos mismos nos prepararon en un respetuoso
segundo plano. Les ofrecimos vino y lo rehusaron porque no podía beber alcohol.
Respecto a la comida sólo tomaron un plato de espagueti, pues al ofrecerles
salchichas nos preguntaron de que estaban hechas y al decirles que contenían
cerdo amablemente las rehusaron. Dormimos bien esa noche y la mañana siguiente,
lunes, nos deparó una agradable sorpresa.
El campamento lo habíamos montado de noche sobre las 22h30 y atinábamos a ver un pequeño lago sobre el que llegaba un río encajonado y una cascada pequeña, al abrir la tienda nos dimos cuenta que estábamos en un sitio más bonito de lo que por la noche nos habíamos imaginado. Habíamos quedado para desayunar a las 9h00 y allí estaba nuestro amigo, puntual como un reloj a la cita. Nos llevó río arriba hasta un sitio en el que el río corría por el centro de unas terrazas que habían hecho los lugareños y que cubrían con techumbres naturales palos, cañizo etc. y entre las cuales discurrían cursos de agua encañonados/canalizados que brotaban de un manantial de la propia montaña. Así, habría unos 50m de orillas, él era el dueño de una de esas terrazas y nos la había preparado con alfombras, en el centro una pequeña mesa y unos cuantos cojines. Tranquilamente tomamos un té acompañado de las galletas que subimos. Ese lugar (ya lo habíamos reconocido) fue escenario de un rodaje de al Filo de lo Imposible. Al acabarnos el té (la tradición obliga a tres rondas; tomar dos por parte del huésped se considera rechazo al anfitrión y ofrecer una cuarta ronda debe interpretarse como que se está harto del huésped), se ofreció para enseñarnos las cascadas y pozas que había río arriba. Llegamos hasta la final, era una poza grande rodeada de paredes y enfrente había un pequeño trozo de tierra y una última poza a la que llegaba el agua de una cascada de unos 15 metros. Recordamos como los del Filo habían rapelado esa cascada. El hombre este nos indicó un sitio para trepar y conseguir salvar la primera poza, el tío lo hacía con una facilidad pasmosa pero a nosotros con las manos frías y las botas de trekking nos pareció que éramos serios candidatos para un remojón. Finalmente el pobre Alberto se resbaló y vimos como su cara cambiaba de gesto conforme entraba en el agua lentamente, muy lentamente. Samuel que estaba a punto de seguir a los intrépidos expedicionarios, se lo pensó mejor y prefirió hacer unas fotos de su hermano en remojo. Después de recoger las tiendas y de que Alberto se secara emprendimos la marcha tras intercambiar la dirección con nuestro amiguete. Nosotros le dimos nuestras camisetas pero él dijo que el perdedor del partido se queda con todo y que no le apetecía darnos la suya. En esta zona rural, retirada por completo del mundanal ruido, parecían un pelín más necesitados que en las ciudades. (Llegaron a pedirnos, aparte de la comida, ropa, stylos y demás chucherías habituales (¡¡las gafas!!).
Llegamos a Azrou dónde pusimos a cero nuestro cuentakilómetros para completar la ruta de los cedros (o era de los cerdos, porque a esas alturas ya llevábamos bastante mierda encima) que teníamos en el libro de 4x4 de Opel. La primera parte era asfalto pero entre unos bosques de encinas que luego se convirtieron en cedros, por fin abandonamos el asfalto para tomar pista y completamos una ruta en la que hubo pedregal, llanuras de barro completamente encharcadas, Manolo haciendo el cabra en los charcos (lo cual no gustó mucho a Montse que tenía la ventanilla abierta en el momento en que el coche de Manolo pasaba a su lado a toda velocidad!). Nieve en el camino (primer entrampe de Manolo por hacer el cafre), pista estrecha en cortado repleta de barro (segundo atasco accidental de Manolo) y pista en muy buenas condiciones para acabar corriendo un poquito. Salimos al asfalto y llegamos a comer a Midlet un pueblo del medio Atlas en el que unas tortillas con sardinas y unas coca-colas aliviaron nuestro apetito. Las servilletas quedaron sucias porque limpiamos los cubiertos antes de comer.
Continuamos viaje en dirección a Zagora, empezó a anochecer y teníamos la obligación de comernos más kilómetros para no tener una etapa demasiado larga el día siguiente. Avanzamos hasta casi las 21h30, a esa hora empezamos a buscar sitio dónde acampar; estabamos recorriendo un valle en el que a la orilla del río se sucedían palmerales sobre terreno pedregoso y pueblecitos. Se nos ocurrió entrar en uno de ellos para buscar una pista que se adentrará en el palmeral y nos diese cierta intimidad, pero eso para el que ya ha pasado por Marruecos es como pedir que llueva café del cielo. Así que tienes a cuatro todoterrenos vadeando el río por el paso natural y cientos de niños a nuestro alrededor diciéndonos que sí que podíamos acampar justo en el centro del río dónde había una pequeña islita, como intimidad no íbamos a tener y seguridad parece que tampoco, cogimos de nuevo el volante y ¡hale! unos kilómetros más. Un par de pueblos más abajo encontramos un grupo de chicos más mayores que nos indicaron, nos ofrecieron la huerta de uno de ellos pero había que portear el equipaje unos 100 metros y no apetecía nada. Finalmente acabo llevándonos hasta el puente que cruzaba el río y enseñándonos un rincón que quedaba bajo el puente junto a la orilla del río; de esta forma pasamos nuestra segunda noche debajo de un puente emulando a nuestro querido Carpanta.
Cenamos bien, unas judiitas que amenizaron y rompieron el silencio de aquel bonito palmeral, judías regadas con otra botellita de vino procedente de la lejana bodega següntina.
El martes levantamos pronto el campamento y sin desayunar continuamos hasta
Zagora. Nos sorprendió la cantidad de cuarteles y militares que encontramos en
la ciudad. Buscamos una cafetería y conseguimos tomar nuestro primer café exprés
con unas magdalenas hechas en Marruecos por una empresa española. Al acabar el
desayuno regresando a los coches pasamos por un pequeño comercio en el que había
expuestos unos turbantes. Eran los primeros que veíamos y nos llamaron la
atención, preguntamos el precio y como era obvio nos dio uno que andaba cerca de
la estación MIR. Como había un par de personas interesados en ellos comenzamos a
regatear, bajó algo el precio pero no excesivamente. Los turbantes comenzaron a
interesar a la mayoría de los pseudoexpedicionarios y eso nos permitía pedirle
un mejor precio, nos lo rebajó algo pero sin llegar a lo que pedíamos. Así, por
40 DH por pañuelo, compramos ocho y el entusiasmado tendero nos colocó uno a
uno. Unos cuantos días más tarde descubrimos que todos los turistas tenían uno
igual y que todos ellos lo habían comprado por algo más de la mitad que
nosotros. De esta forma quedaba demostrada la teoría de que por mucho que bajes
el precio, por mucho que regatees, por mucho que se contraríe el vendedor, por
mucho que gesticule, por muy contento que te sientas porque se la has clavado al
moro que vende, sales de la tienda con el trasero un poco más ancho de como
entraste.
Ya con nuestros turbantes puestos, tomamos la carretera Zagora Ouarzazzate, con la intención de llegar hasta Tinerhir, ahí comienzan las gargantas del Todra. Queríamos salirnos de la carretera y hacer una ruta 4x4 que llevábamos reseñadas y que unía las gargantas del Todra y las de Dades. La ruta es de unos 200 km., 140 de ellos por pista. La entrada al desfiladero de Todra es espectacular, están repletas aquellas paredes de cordadas escalando. El vadeo del río fue accidentado, pues Salva nos pidió que nos quedásemos en el agua para tirarnos una foto, como era él quien llevaba el rutómetro, después de tirar la foto y antes de que saliésemos del agua nos adelantó para ponerse en cabeza. Como hacía calor, teníamos la ventanilla bajada; como le estabamos esperando, estabamos en el curso del agua; y como Salva y Alberto son unos listos pasaron a toda caña echándonos un cubo de agua por la ventanilla prácticamente.
La ruta estuvo bastante entretenida hubo que retroceder en alguna ocasión porque perdíamos la referencia del rutómetro, e improvisar otras cuantas porque no atinábamos a seguir las indicaciones pero acabamos alcanzando el collado que separa las dos gargantas y llegamos finalmente hasta el pueblo dónde se inicia el asfalto ya en las gargantas de Dades. Los parajes que atravesábamos eran de lo más árido y pedregosos que hemos visto, pero a pesar de todo allí encontrábamos familias viviendo bajo tiendas y con un único sustento, los escuálidos rebaños que el padre pastoreaba. Seguimos sin haber resuelto una incógnita, qué comían esas cabras, porque lo único verde que vimos era el forro polar del Hipi.
Desde que cogimos el asfalto empezamos a bajar hacia el sur para llegar a Boulmane, donde encontrábamos de nuevo la carretera Zagora-Ouarzazate. Había que recorrer unos 40 km. por donde discurre la Garganta de Dades mucho más espectacular que la de Todra, pues se trata de un meandro muy vertical y muy encajonado que ves desde lo alto, por donde discurre la carretera. Para bajar al valle la carretera describe unas curvas de 180º enlazadas que hacen que te dé la risa. Ya en el valle casi junto al río nos dio la hora de dormir, el plan era hacerlo en Boulmane pero aún quedaban unos 20 km. y eran casi las 22h00, encontramos un hotel que tenía habitación para todos así que decidimos parar los motores y quitarnos toda la mierda que acumulábamos. Teníamos 5 habitaciones con unas duchas de risa pero con agua caliente. El hotel no era para celebrar una convención porque sólo tenía las cinco habitaciones que ocupábamos y una de ellas sin baño. Tenía un saloncito al uso marroquí mesas redondas bajas y almohadones sobre alfombras que nos permitió tomar una reparadora cena, sobre la ansiada y deseada cerveza ¡ná de ná!. Ducha, cena, tertulia y sueño. ¡Qué noche!.
La mañana siguiente, como todas, llegó pronto, nos pusimos en marcha y cuando estábamos a punto de tomar una variante que nos llevaba a nuestro destino Boulmane pero, en lugar de por los 20 km. de asfalto que nos quedaban, por una pista que discurría por el valle de las rosas y que amablemente nos habían recomendado en el hotel, Julio por la emisora nos cantó que se estaba quedando sin embrague, la cosa fue a más y decidimos seguir por asfalto en segunda y despacito hasta el pueblo. Allí encontramos rápidamente un taller mecánico, bueno, taller por las herramientas no se podría decir que era un taller, sólo la mierda y la grasa, además de todas las juntas de culatas y bielas que adornaban las paredes nos hacían pensar que eso era un taller. Pero rápidamente cambiamos de opinión cuando los dos mecánicos abrieron el capó y en dos miradas averiguaron el problema, nosotros habíamos supuesto que el embrague fuese mecánico y no hidráulico, pero estos dos tíos que llevaban en sus monos grasa de la década pasada rápidamente vieron que el líquido del embrague estaba bajo. Uno de ellos me pidió que le llevase hasta el pueblo para comprar líquido. Al llegar a la plaza me pidió que le esperase mientras él hacía la compra. Yo obedientemente esperé junto al coche, ya sabéis manos en los bolsillos y a echar un vistazo mientras pasa el tiempo. Según iba recorriendo la plaza iba analizando más detenidamente el barullo que me rodeaba, todos los tíos llevaban pantalón largo y vestían de forma uniforme, el único que desentonaba allí era uno con pantalón de deporte corto de color azul, forro polar rojo y un turbante azul añil en la cabeza; que para más señas era de Guadalajara y tiene gafas. Como yo provocador no soy y siempre he sido de la opinión de que allí dónde fueses haz lo que vieses, decidí quitarme el turbante y el forro polar rojo y quedarme con un discreto conjunto de pantalón y camiseta azul. Consiguiendo pasar un poco más inadvertido. De esta forma me encontró el mecánico cuando regresó con el líquido de embrague. Volvimos al taller y en cuestión de media hora quedo resuelto el problema. La avería nos costó 100 DH (1600 pts), estando incluido en el precio la sesión de fotos que tiramos al pintoresco taller.
Con este pequeño susto ya superado decidimos ir de nuevo a la plaza del pueblo para darle a nuestro organismo su merecido desayuno, el correspondiente a la mañana del miércoles. Menú fácil suponer, café con leche, escaso de café y unos bollos Martínez en versión Marroquí. Después callejeamos por entre los puestos que habían colocado en la plaza como si fuese un mercadillo de cualquier localidad española, sólo que los puestos ofrecían mercancía muy pintoresca: especies de todo color y olor, cabello, muchos frutos secos, barreños de plástico, maquinillas de afeitar, etc.
De nuevo en el coche, nuestros traseros se acostumbraron rápidamente
a la que llevaba siendo su casa desde que salimos de Guada: el asiento del
coche. Avanzamos hasta Ourzazzate, en dónde repostamos. Tras esa pequeña parada
continuamos en dirección Sur por el valle del Draa con la intención de comernos
todo el asfalto y alcanzar el fin de la carretera. El paisaje según avanzábamos
se descubría más interesante, el horizonte se hacía más árido pero junto a la
orilla del río los palmerales se hacían más grandes. Como era la hora de comer,
aprovechamos para aparcar en el arcén y adentrarnos en uno de ellos para comer
bajo una palmera. Pisoteamos un poco el cultivo del pobre propietario pero a
cambio le dejamos unas cuantas semillas esparcidas por su parcela. Llegar hasta
el final de la carretera en Mhamid nos llevo otro par de horas. Antes de llegar
al pueblo en cuestión, se sucedían sugerentes carteles de camping con piscina,
todos ellos sobre un sugerente césped y a la sombra de grandes palmeras. Pero
era tal la obsesión que teníamos por ver arena que ni esa visión logró que
frenásemos. He de decir que ya antes de entrar en estos pueblecitos, tuvimos
oportunidad de ver a unos doscientos metros de la carretera una gran duna de
unos cuarenta o cincuenta metros de altura en dónde había unos cuantos chiflados
tratando de coronarla, un poquito antes del lugar dónde estaban los campings,
pero junto a la carretera también encontramos unas pequeñas dunas en dónde
estuvimos jugueteando.
Pero nuestro objetivo era acabar el asfalto y contemplar el arenal, así que rehusamos toda tentación y nos comimos los kilómetros que faltaban. Al llegar al pueblo el desconcierto se adueño de todos, se acababa el asfalto pero no veíamos pistas claras que nos llevasen al arenal. Yo personalmente pensaba que íbamos a encontrar un buen número de todoterrenos, además Salva nos había comentado que a la mañana siguiente comenzaba allí una etapa de la Coronel Tapioca Cup, lo cual nos hacía pensar que habría montado un campamento en las inmediaciones. Pero allí lo único que había era niños muy pesados que nos atosigaban sin parar y a la mínima se subían a los coches.
Conseguimos aclararnos y salir del pueblo, cruzamos un río y cogimos un pequeño camino marcado que se dirigía hacia unas huertas. Antes quitamos presión a los neumáticos, rodeados de unos voraces niños que no hacían más que repetir el Hit Parade marroquí: ¡Madmoiselle, donne moi un stylo, s’il vous plait! Como eran mil y además un poco pesados, pues no hacían más que acosar a las chicas y especialmente a Mirían y Samuel, nos marchamos de allí rápidamente. A las primeras de cambio Manolo descubrió una duna en la que se inventó un salto espeluznante, así que allí fuimos todos, uno tras otro, para ver cono subes a cañón y de repente tu morro queda en el aire, para ser vencido después por la fuerza de la gravedad y darse un talegazo contra la arena que te llega al alma. Tras el salto pasamos entre unas huertas y Salva fue buscando rumbo para abandonar el palmeral, ya no tan tupido y encontrarnos con arena. Avanzamos y conseguimos salir del palmeral, conducíamos eludiendo dunas hasta que ya suficientemente alejados del pueblo decidimos empezar a subirnos a la arena. Jugueteando con ellas se sucedieron los entrampes y los vuelos, nos quedábamos en la cresta y salir con planchas era complicado, así que recurríamos a las eslingas y con un tirón sacábamos a cualquiera. Cuando estábamos ocupados en sacar a Manolo de lo alto de una duna, escondido detrás de unos matorrales, bajó un militar que se dirigió a Fermín y Montse. En francés les advirtió que no podíamos estar allí, que él estaba en un puesto militar a unos 200m y que pertenecía a la cuarta línea defensiva marroquí y que la frontera con Argelia se encontraba a 20 km. en línea recta. Fermín le dijo que no había problema que recogíamos y nos marchábamos en cuanto sacásemos a Manolo de lo alto de la duna, pero sorprendentemente de la misma forma que apareció se esfumó, diciéndonos que ¡Pas problem! Podíamos seguir allí. Después que todo el grupo se pusiera al corriente de que estabamos en zona militar, continuamos el juego.
Más adelante volvimos a hablar con él para preguntarle si podíamos acampar, nos respondió que no había problema. Pero yo le insistí que no nos gustaría que nos molestasen los niños. Pues como por arte de magia tres habían llegado corriendo desde el pueblo y un cuarto apareció, más modernizado, en una bicicleta que no tenía las ruedas de piedra porque las había cambiado hacía una semana. El militar habló en árabe con los niños durante casi 5 minutos de los que no entendimos nada, no me inspiraba mucha confianza pues no parecía tener mucha autoridad sobre los niños. Vestía ropas militares pero calzaba unas sospechosas sandalias de río. Yo sospechaba que era un impostor que les estaba contando a los niños en voz alta el plan para desvalijarnos. Después de acabar con los niños se dirigió a nosotros para decirnos en francés que los niños ya no nos molestarían, nos informó que a las 23h30 haría una ronda por nuestro campamento para ver como nos iba.
Montamos el campamento rodeado de unas pequeñas dunas sobre un suelo horizontal de arena apelmazada, en uno de los extremos había unos matorrales. Cerramos un circulo con los coches y como los indios colocamos de nuevo en circulo las tiendas para cenar en el centro. A la hora como nos había dicho una luz comenzó a merodear por el campamento sin llegar a entrar en él, salimos a su encuentro y era nuestro militar, todavía con sus chanclas de río pero con algo más de abrigo: una roída manta. Le agradecimos que no nos molestase ningún niño y le invitamos a cenar, amablemente rehusó la invitación y siguió su ronda.
El menú de esa noche en el desierto era las Gelcofertas de la semana anterior
regadas con un par de botellas de reserva, una de la ribera del Duero y otra
manchega, pertenecientes ambas a la más famosa bodega seguntina. La luna nos
hizo flipar un rato, aunque el vino algo tuvo que ver también. Después de la
cena alguien sugirió descalzarnos y caminar sobre la arena, tras ese alguien fue
el resto del grupo hasta la duna más alta. En dónde comenzamos a dejarnos caer
rodando. Después de casi una hora de juegos y enterramientos, Samuel fue
enterrado en vida, regresamos a los sacos. No sin antes hacer una sentada para
ver con prismáticos la luna y tirar un buen número de fotos, sintiendo miedo
porque eso pudiese desvelar a los argelinos un posible blanco y activará en
ellos el deseo de tirar al blanco alcarreño en el desierto marroquí. Esa noche
hubiésemos dormido como reyes de no ser por el kilo de arena que llevábamos en
nuestro cuerpo y por el vendaval que se levantó a media noche. Hipi que había
vivaqueado al levantarnos se nos antojaba que iba a estar cubierto de arena,
pero el jodío astutamente había buscado cobijo tras una tienda que le paraba las
ráfagas de viento.

Esa mañana de jueves desayunamos por primera vez con los tarros de leche condensada que llevábamos. Recogimos el campamento y tomamos dirección norte guiados por la brújula del coche de Salva, iban a ser nuestros últimos kilómetros por dunas en el desierto, los últimos saltitos y bien que fueron lo últimos porque pasando por una duna después de ver volar delante al Discovery tuvimos que parar a recoger su protector del faro de largo alcance. Al avisarle por la emisora se detuvo y además de perder ese protector había roto parte de la sujeción de la defensa, el Frontera no había corrido mejor suerte y había perdido otro tornillo de sujeción de la defensa. Hicimos una reparación de fortuna y continuamos esta vez más despacito y sin saltar hasta el pueblo. En Mhamid no había ni gasoil, ni ningún taller en el que nos pudieran ayudar, seguimos hacia el norte por la carretera que discurre por el valle del Draa hasta encontrar un pueblo en el que había un par de talleres mecánicos en uno conseguimos los tornillos que faltaban para sujetar bien las defensas del Discovery y del Frontera y en el otro dimos presión a los neumáticos.
Tras comprar víveres y agua comenzamos viaje hacia Marrakech, el objetivo era llegar cuanto más cerca de Marrakech mejor así que nos quedaba un largo trecho de carretera. La carretera que baja de Ourzazzate a Mhamid es un ridículo carril de asfalto bacheado con arcén de tierra a ambos lados y un escalón que te hacía pensar en un reventón cada vez que pisabas tierra. Concentrados en la tarea de subir y bajar las ruedas cada vez que nos cruzábamos con alguien, no reparamos en que nos cruzamos con unas caras conocidas. Afortunadamente nosotros llamábamos más la atención y ellos rápidamente nos identificaron. Se trataba de Rubén y Celia y una pareja de amigos con quienes había subido el Toubkal, sabíamos que estaban en Marruecos pero no teníamos ni idea del plan que tenían. Rápidamente dieron la vuelta y no alcanzaron, estuvimos charlando un rato en la cuneta con ellos, al uso marroquí, comentándoles como nos estaba yendo el viaje y preguntándoles por la subida al Toubkal. Les hicimos una recomendación, que fuesen a las gargantas del Dades pues les sobraba un día y no sabían en que emplearlo. Después de una larga charleta continuamos viaje.
Hicimos parada en Ouarzazzate para comer, comimos en una curiosa terraza de cuatro metros de largo por cinco de ancho en la que había tres chiringuitos diferentes. De los tres fuimos a elegir el menos ágil y tuvimos que esperar un buen rato hasta calmar nuestros estómagos. De nuevo a los coches y hacia Marrakech, a la salida del pueblo hicimos un alto en un pequeño pinar para que las chicas hiciesen pis, el baño del chiringuito era común para los tres e invitaba a hacerlo en la calle. Las chicas como es costumbre española no mean solas, además teniendo en cuenta en dónde nos encontrábamos era aún más recomendable que se agrupasen para esa tarea. De esta forma un grupo de tres buscó el rincón más íntimo entre el deteriorado bosquecito que habíamos improvisado como urinario, tres pares de ojos de chica mirando a su alrededor para captar intrusos son una poderosísima herramienta. Pues por mucho empeño que pusieron no lograron avistar al morito de turno que aquella tarde disfrutó de tres lindos traseros españoles sin necesidad de ninguna revista del corazón.
Con el culo de algunas fotografiado mentalmente, continuamos viaje hacia Marrakech, aunque nuestro inmediato destino era visitar la Kasbha de Ait-Benhadou. Teníamos intención de verla y continuar por una pista que enlazaba con la carretera de Marrakech pero el crono nos marcaba una discreta marca y teníamos que aproximarnos a Marrakech cuanto más mejor, para llegar pronto el viernes por la mañana y tratar de encontrar habitación pronto. La visita a la Kasbha fue guiada, pues teníamos la experiencia de Volubilis en dónde pasamos como Atila por el museo del prado. La vimos rápida y certeramente, así que en apenas una hora estabamos de nuevo en nuestra prolongación natural: el coche. Ahora sí que comenzaba la contrarreloj, para acercarnos a Marrakech debíamos subir el puerto más alto del Atlas y bajarlo después. La noche se nos hechó encima en el descenso y el pobre Salva que conducía tuvo que poner sus ojos de infrarrojos para advertir todos los peligros que en la cuneta y en la propia carretera permanecían ocultos. Mientras tanto en el Galloper continuábamos con una afición que habíamos iniciado esa misma tarde pero unos cientos de kilómetros antes, versionear cualquier tonadilla de anuncio o canción elemental con una letra que recogiese las incidencias del viaje. La verdad que estuvimos tanto tiempo al volante que salieron canciones muy pegadizas.
Pasamos el puerto que llega a Marrakech de noche y conseguimos acampar en un bosquecillo ya entrada la noche. A la mañana siguiente madrugamos para llegar pronto a la ciudad y conseguir hotel. Encontrarlo resulto difícil pero casi a las 12h00 encontramos habitaciones en el hotel Grand Tazzi, cerca de la plaza El Jfnena. En lo que quedaba de mañana y hasta que nos dejaron libres las habitaciones nos mezclamos con la corriente humana de turistas que recorría la Medina. Recorrimos el zoco y compramos, regateando precios unos con más acierto que otros. Comimos en una terraza con vistas a la plaza y regresamos al hotel para ducharnos. Por la noche dimos un paseo por la zona menos turística fueron casi dos horas recorriendo rincones ausentes de occidentales. Acabamos cenando en el hotel donde conseguimos tomarnos nuestra primera cerveza desde que cruzamos la frontera.
Madrugamos el sábado y aún a pesar de que advertimos que salíamos a las 6h00 de la mañana, la recepción estaba vacía y las luces apagadas. Sobre los sofás de la recepción dormían todos los empleados del hotel, conseguir que uno de ellos se levantase y nos atendiera nos costo un buen esfuerzo. Ya en carretera, recorrimos la parte más occidental y vistosa del país, la autovía de la costa. Haber hecho el recorrido en sentido inverso nos hubiese engañado. Llegamos a Ceuta el sábado a las 17h00, después de tener un pequeño susto en la carretera. Tras pasar de largo un cruce, decidí atajar por el campo y al subir de nuevo a la carretera por un badén muy empinado alce la rueda delantera casi un metro del suelo. Aparque en el arcén contrario, para recuperarnos del susto. El arcén era muy vertical y estaba empapado por las lluvias, el terreno fue cediendo hasta quedarme en una inclinación tal que provoco la espantada general, los pasajeros huyeron a la voz de sálvese quien pueda. Sacamos la eslinga y con unos tirones subí de nuevo al asfalto.
Pasamos la frontera a tiempo de llegar al ferry de las 19h00. Ya en Algeciras decidimos conducir hasta Marbella, allí hicimos noche en un camping y nos dimos la cena más opípara del viaje.
El domingo madrugamos y salimos pronto como el resto de españoles, porque a media tarde la carretera parecía un hormiguero. Hicimos la foto de despedida y cierre de viaje en La Mancha, con el propósito de volver al año siguiente. Ya en la entrada de Madrid nos fuimos separando cada uno con un destino final.
Valentín
Fotos de Paco Cuesta